La primera vez que una chica me escribió una carta de amor incluyó un vaso de plástico con caramelos.

La leí en voz alta en el vestuario a mis compañeros partiéndome de risa y repartiendo los caramelos como quien reparte flores a otros cerdos.

En esa carta quedaba expuesto algo más que un amor adolescente. Esa carta evidenciaba mi masculinidad de mierda e inmadurez emocional.

Cuanta mentira en la creencia de esos hombres que nunca lloran.

Que estrenan su virilidad con cuerpos de alquiler, anteponiendo a toda expresión emocional la palabra marica.

Cuanto ego apuntalado en la inseguridad y la necesidad de pertenecer absolutamente a nada…

¿Sabes?

Si alguna vez me lees quiero que sepas que ahora soy yo quien escribe cartas de amor.

Que más de una vez no fui correspondido y que también repartieron y partieron mi corazón como yo tus caramelos.

Que ya no soy tan “macho” y que ahora soy más yo.

Y que puedo callarme un secreto pero jamas un sentimiento.

Si alguna vez me lees quiero que sepas que tu carta fue la primera en perpetuar un verano y un sin fin de palabras que ya no puedo dejar de escribir.

Si alguna vez me lees quiero que sepas que si.

Que tú también me gustabas.

Para Paula la vida no es azul.

Y no le gusta sentirse reflejada con un solo color.

Lo que realmente le gustan son los collares grandes y esto poco tiene que ver con nada.

Solo le gustan y ya.

Para Paula la vida es un regalo con cartas e historias de amor que sobreviven al tiempo y la distancia.

Cree en todo aquello que sea real y sin aditivos (y también en las galletas con mensajes para la suerte).

A Paula le gustan los desayunos, los vestidos, nadar en el mar y también las flores.

Y no cree en ningún mensaje del tipo: “contigo mis sueños se van cumpliendo” porque aprendió a cumplirse todo los sueños sola y con muchísimo esfuerzo.

Además de todo esto Paula es madre y hoy no quiere celebrar nada “especial”, pero se pondrá una copa de vino, o tal vez dos. Y brindará por ella y por su hija.

Por la normalidad y la diferencia.

Por cualquier cosa que otorgue dignidad y no solo el trabajo.

Por la inclusión de lo feo y lo bonito en esta misma vida; en este mismo mundo.

Paula brindará por este cielo. Que además de azul y nubes,

también está cargado de estrellas.

Nos merecíamos un paréntesis.

Descansar un rato del caos, las noticias, la economía y de nosotros mismos.

Nos merecíamos trasladar la preocupación hacia algo más simple.

Hacia algo más básico, como el no caernos y llenarnos el culo de nieve;

o buscar la forma de ponernos bolsas en los pies para no calarnos hasta las rodillas.

Necesitábamos algo divertido con lo que arrancarle esquíes, tablas, trineos y risas a las calles.

Y “hazme una foto aquí y otra también allí, para recordar que esta magia también me ha tocado”.

Necesitábamos un pase gratis para jugar en lo bonito.

Para enjuagar el alma en algún charco y seguirla remando.

Para seguir aquí,

a pesar del frío y a pesar de todo.

Aquí.

En lo efímero de un Madrid abrazado maravillosamente en blanco.

Déjame escribirte por todas las veces que te he echado de menos.

Por todas las veces que he imaginado nuestros pies así,

nuestro fuego así,

nuestro espacio así:

lo suficientemente cerca para sentirnos y lo suficientemente lejos para seguir siendo.

Déjame escribirte por todos los

desencuentros.

Por todos los enfados y por todas las veces que hemos vuelto a volver.

Porque esta ciudad es más triste sin ti y se crece en soledades.

Porque necesito escribir sobre el tiempo descalzo y sobre esta vida, en la que tanta falta me haces.

Siempre.

Me gusta tu novio.

Pero no seas ridícula. Así no.

Me gusta tu novio porque llega para hacerte descansar de la prisa y el postureo.

De ti y de esta ciudad de modelos vacíos y amores que no.

Me gusta porque es como un viaje de ida que termina en abrazo.

Y como el sueño caprichoso en serendipia para habitarte lo que dure el amor.

Me gusta.

Y claro que no es como lo esperabas.

Porque buscaste en tantas partes, que al final te perdiste en tu propio circo.

Pero aquí está.

Y me gusta lo que hace en ti, lo que haces en él y lo que hacéis juntos con el tiempo:

Que no es nada especial;

simplemente eso de detenerlo mientras todo a vuestro alrededor gira sin más.

Y yo sé que nadie debería hacer completo a nadie porque ya estamos completos siempre.

Sí.

Y nadie debería ser rescatado porque debemos rescatarnos solos, si, si y mil veces si (bueno no).

Pero, a veces, maravilla es compartirse un domingo, haciendo de la calma un valle en vez de un desierto.

Maravilla es seguir siendo uno cuando la suma da dos.

Estrenarse a pesar de los rotos y los descosidos.

Y descubrir que las cosas funcionan cada vez que reseteas la maquina del corazón.

Me gusta tu novio amigo.

Por lo bueno que hace en ti, en mi y en todos los que creemos en la magia de este encuentro,

que te mereces la pena sentir.

Antes de liarme en prosa y juntar palabras que puedan parecerte bonitas.

De que aparezcan todas esas emociones contrariadas para preservar la autoestima;

Antes de compartir frases hechas en historias que jamás vas a ver,

de grindr, tinder o cualquier otro escaparate para volver a estrenarme:

Gracias…

Por permanecer en mí lo suficiente.

Por demostrarme que puedo ser conmigo antes que nada y antes que con nadie.

Por le sexo, los amaneceres, los viajes y todos esos sueños que ya no.

Por el recuerdo enjuagado en nostalgia que me dejará tu nombre cada vez que te piense.

Y por dejarnos ser nosotros mismos cada vez que fuimos dos.

Gracias por la magia de permanecer lo suficiente, a pesar de no estar destinados a quedarnos.

Gracias amor, por el buen amor.

Y por esta tempestad pasajera,

que amerita en el agua y en viento

un adiós así.

Si fuera capitán del equipo de fútbol del cole, yo te elegiría el primero.

Te rescataría de ese miedo al vacío.

Y te ahorraría toda la ansiedad de la espera.

Si fuera capitán del equipo de balón prisionero, te dejaría libre pero conmigo.

Para organizar juntos otro juego, en el que nadie se quedaría para el descarte;

y en el que todos seríamos reinas del baile.

Si fuera el capitán del equipo, no sé, de hacer malabares con naranjas, te seguiría eligiendo.

Y con seguridad terminaríamos haciéndonos zumo y mezclándolo con vodka,

bajo cualquier atardecer como testigo de la resaca.

Jamas te dejaría sonriendo en la compostura de la vergüenza mientras un río entero te surcara dentro.

Jamas dejaría que el poder pasajero de una elección condicionara tu permanencia.

Si fuera el capitán de cualquier cosa, yo te elegiría siempre.

Y te abrazaría fuerte un rato;

te abrazaría fuerte eterno,

mientras el resto se disputa

la final de un recuerdo,

que seguramente olvidaremos.

Quiero amanecerte.

Y que celebres en mí,

todo el tiempo que la

piel ha esperado.

Quiero que mi almohada acabe en tu

pecho.

Y en una señal animal de victoria,

revolverme en tu abrazo hasta quedarme

dormido.

Quiero el calor y la humedad,

mientras mis manos estallan

contra la mampara de la ducha.

Y recorrerte eterno,

partido de rodillas

sin culpa, dolor o penitencia.

Quiero la nostalgia en las caricias,

cada vez que mis dedos me exploren

el recuerdo.

Y tu olor en la camiseta azul que una vez me

robaste.

Quiero amanecerte si;

para que dure algo más que una

tarde,

tu cuerpo a mi lado.

Hay gente que nos salva.

Que hace paréntesis entre lo esnob, el modernismo y la belleza que acompaña a toda soledad camuflada.

Hay gente que nos abraza y nos cura el alma. Que nos escucha, que nos acompaña a casa; que se dedica a hacer cosas simples, con la única intención de hacernos más liviana la vida.

Del trazo exagerado que moldea la calle del pez en Malasaña se alzan jardines verticales hechos con zapatos viejos.

El otro día conocí, gracias a la historia de un amigo, a su autor. Un señor jubilado que inunda la dureza del asfalto con flores que riega día tras día.

Que las cuida y que nos cuida.

Así que “Señor de los pantalones de Malasaña” gracias.

Por hacernos el barrio bonito.

Por recordarnos que siempre habrá espacio para el color y el perfume.

Por darles una segunda oportunidad a todos esos tacones que alguna vez transitaron combinaciones de faldas y sueños.

Por sembrar un poco de paz en este verde, que parece emitir una señal de ayuda al transeúnte perdido entre tanto ruido.

Gracias por hacernos descansar un momento, en la prisa de una vida adornada con tanto postureo innecesario.

Y por desear que nos besen alguna vez, bajo esos zapatos cargados de historias, poesía y pensamientos.

A mis padres:

Si alguna vez se alterara el orden de cómo esperamos que suceda la vida, todo estaría bien.

Estarían bien los cuentos antes de dormir y la luz encendida porque el cuadro de la habitación me mira y me da miedo.

Los masajes en la espalda para despertarme y esa canción desafinada de “arriba Juan y arriba Juan” que tanto me gusta.

Estarían bien todas las veces que intentaron apuntarme a fútbol cuando siempre quise hacer patinaje artístico.

Por descubrirme y dejarme ser. Porque nada está mal en mí y ya nada tengo que demostrar.

Por hacerme entender que no existen los manuales guía para padres. Y que siempre hay oportunidad para el abrazo y el perdón.

Estaría bien la ropa heredada de los hermanos y los besos con ruido de los abuelos.

La prisa y los malabares por llegar a casa y a fin de mes.

Las peleas, el divorcio, el cuestionarse la paternidad y aún así quedarse.

Estaría bien el respeto a la libertad de mis sueños, pese a distar mucho de lo soñado para mi.

Pero sobre todas las cosas, estaría bien cada una de vuestras células recorriendo mi cuerpo, en este regalo imperfecto tan lleno de amor y de caos que siempre será la vida.