Hay gente que nos salva.

Que hace paréntesis entre lo esnob, el modernismo y la belleza que acompaña a toda soledad camuflada.

Hay gente que nos abraza y nos cura el alma. Que nos escucha, que nos acompaña a casa; que se dedica a hacer cosas simples, con la única intención de hacernos más liviana la vida.

Del trazo exagerado que moldea la calle del pez en Malasaña se alzan jardines verticales hechos con zapatos viejos.

El otro día conocí, gracias a la historia de un amigo, a su autor. Un señor jubilado que inunda la dureza del asfalto con flores que riega día tras día.

Que las cuida y que nos cuida.

Así que “Señor de los pantalones de Malasaña” gracias.

Por hacernos el barrio bonito.

Por recordarnos que siempre habrá espacio para el color y el perfume.

Por darles una segunda oportunidad a todos esos tacones que alguna vez transitaron combinaciones de faldas y sueños.

Por sembrar un poco de paz en este verde, que parece emitir una señal de ayuda al transeúnte perdido entre tanto ruido.

Gracias por hacernos descansar un momento, en la prisa de una vida adornada con tanto postureo innecesario.

Y por desear que nos besen alguna vez, bajo esos zapatos cargados de historias, poesía y pensamientos.

A mis padres:

Si alguna vez se alterara el orden de cómo esperamos que suceda la vida, todo estaría bien.

Estarían bien los cuentos antes de dormir y la luz encendida porque el cuadro de la habitación me mira y me da miedo.

Los masajes en la espalda para despertarme y esa canción desafinada de “arriba Juan y arriba Juan” que tanto me gusta.

Estarían bien todas las veces que intentaron apuntarme a fútbol cuando siempre quise hacer patinaje artístico.

Por descubrirme y dejarme ser. Porque nada está mal en mí y ya nada tengo que demostrar.

Por hacerme entender que no existen los manuales guía para padres. Y que siempre hay oportunidad para el abrazo y el perdón.

Estaría bien la ropa heredada de los hermanos y los besos con ruido de los abuelos.

La prisa y los malabares por llegar a casa y a fin de mes.

Las peleas, el divorcio, el cuestionarse la paternidad y aún así quedarse.

Estaría bien el respeto a la libertad de mis sueños, pese a distar mucho de lo soñado para mi.

Pero sobre todas las cosas, estaría bien cada una de vuestras células recorriendo mi cuerpo, en este regalo imperfecto tan lleno de amor y de caos que siempre será la vida.

Te han humillado.

Han pretendido despojarte de tu seguridad.

Te han condenado a una casa en la que jamas encontraste tu espacio.

Han sentenciado tu forma de relacionarte.

Has sido víctima de la prostitution de todas las lenguas y opiniones de quienes no tenemos ni idea.

Se ha criticado tu forma de amar, por culpa de quienes hacen del despecho una herramienta mortal para el maltrato.

Has sido víctima del narcisismo egocentrico y la manipulación.

Te han deshabitado haciendo de tu identidad un desconcierto, en el que jamás pudiste distinguir lo que fue real de lo que fue teatro.

Y te has callado…

Te has callado porque eres hombre. Y ser hombre maltratado todavía pertenece a la cárcel a la que nos somete el machismo.

Hay quienes no saben que hacer después de soltar. Hay quienes se recomponen y hay quienes necesitan seguir destruyendo porque no conocen otra forma de relacionarse.

Pero yo te creo.

Y déjame decirte que siempre es buen momento para desatar la tormenta de tu huracán.

De mandar a todos a la mierda.

Y de encontrar en la calma, toda la fuerza para volver a empezar.

Existen historias de amor, que llevan escrito el nombre de compañeros de trabajo.

Y cuando se marchan, dejan un espacio en el
que no sabes si colgar una planta de plástico, un estor o un calendario. Para tapar, de alguna forma, el vacío que dejan con su ausencia.

Para ti, compañera, tengo organizada una fiesta de despedida. Que pienso decorar con todas aquellas cosas que dejas en mi:

Tu sentido de la justicia en la lucha continua por todo lo que crees; por todo lo que amas.

Tu feminismo bordado en una falda de colorines que me encanta.

El caos de tu escritorio invadido por las hormigas (que siempre me ha hecho reír).

Una moto que no arranca si llueve.

Tu casa de agua, donde la pena se hace chiquita…

Y aquí me rompo.

Porque yo, que soy de emociones “retardadas”, me he dado cuenta de que ya no estarás en el café de las 11. Ni en mis historias de amor sin sentido, ahogadas entre zumos de tomate y vino tinto.

Dime: ¿qué hago ahora con la primavera en febrero?

Hoy es tu último día de trabajo aquí. Conmigo.
Y me dicen que debo soltar para dejar ser, pero soltarte es una mierda.

Aún así corre e ilumina todo allí donde vayas. Que detrás de este enfado y está pena, está la certeza de que nos queda algo más sólido e impermeable a cualquier lluvia; a cualquier despedida.

Que es la fuerza y la caricia infinita que nos dará siempre la amistad.

“Mientras tanto miro la vida pasar, y no sabes cuánto, cuesta aceptar que no volverás.
Por el momento miro la vida pasar. Sin venir a cuento alguien te vuelve a nombrar… alguien te vuelve a nombrar”

Serás la calle de la amargura porque jamás recordaremos tu nombre.


Coronada en balcones de malvones a raudales, tallada en ruido y amores despistados destinados a escribirte.

Te habitará la soledad nocturna de nuestros pasos embriagados y serás cómplice de alguna que otra despedida, un abrazo, grafitis y el viento.

Sucumbirás al modernismo de lo auténtico y llenarás de melancolía todo aquello que dejaste ir…
La pastelería vendiendo roscones en Febrero, dos entradas en un cine para uno y el vacío en tus aceras tan grande como el alma.

Serás eterna en los surcos del asfalto, mi asfalto; junto al recuerdo de un beso en las ganas postergadas de un amanecer que ya no.

Sobrevivirás a la voluntad del tiempo y de todos los corazones rotos, aquellos que como el mío pensarán que siempre… siempre nos quedará Malasaña.

Hay amores que duran toda la vida. U ocho horas “laborables” en un centro. Que a efectos, también lo es.

Verónica y Mario comparten muchas cosas:

El abrazo de sus manos en la ruta de vuelta a casa.

Las llamadas de teléfono por la tarde.

Un cromosoma de más.

El mismo gusto por el helado de fresa.

Y las caricias desnudas y clandestinas en el baño durante el recreo.

Verónica sueña con que trabaja en una oficina mientras Mario la espera en casa con la cena.

Que a veces se cansa y quiere jubilarse.

Que hace el amor los domingos por la tarde y que se abraza a Mario mientras en la radio suena Vanesa Martin.

Que tienen dos gatos porque la vida los juntó tarde para los niños y que son felices así, sin más.

Mario sin embargo se limita a mirarla y a sonreír mientras la escucha divagar…

Tal vez pasen los días, los años y nada tan simple como esto se cumpla.

Tal vez los sueños se queden solo en eso, en retales de una vida que no.

Pero mientras Verónica y Mario se sientan y respiren bajo el cielo, serán modelo del mismo amor (en todas sus diversidades) y el mismo viento que a todos nos toca y acaricia alguna vez.

Lo más difícil de la ansiedad son las noches. Porque cuando todo calla, el ruido del mundo grita sordo en mi.

Y la cabeza es un maratón de gente que corre de manera desordenada sin distinguir la salida de la meta.

Y tengo miedo:

De no ser lo suficientemente guapa, delgada, joven, profesional, simpática, ordenada y lista.

De que los filtros no me borren las ojeras en las historias de mañana.

Tengo miedo de que me veas realmente y me quede aún más sola.

A que la enfermedad me alcance y que el dinero sea la moneda de cambio para los sueños.

Miedo a que el reloj marque las 4 y que ni las drogas, los libros de autoayuda o la luna en la ventana consigan calmar el huracán y dormirme.

Vamos a querernos. Porque fuera hace un frío que te cagas.

Porque ya me di vuelta todas las aplicaciones de contactos. Porque ya me acosté con la mitad y me sentí muy solo.

Vamos a cuidarnos, porque a esta altura yo no se que hacer sin tu abrazo. Sin los desayunos de dulce y salado y sin los callos de tus pies rozándome mientras vemos Netflix.

Vamos a tocarnos y a llamarnos lindos cuando el tiempo nos marque; a pesar de los batidos de proteínas, el gimnasio, el bisturí y toda esa artimaña para detenerlo.

Vamos a respirar porque el compromiso no es fácil. Y en cada discusión, a veces, nos rompemos tanto que las fisuras se nos quedan vistas como “el check azul” sin respuesta.

Vamos a crear nuestras rutinas de besos antes de salir de casa, porque nunca sabremos cuándo será la última vez.

Vamos a construirnos sin condicionamientos, dejando que la libertad haga posibles los sueños. Que si son juntos que maravilla, pero sino adelante; todos debemos bailar y brillar solos alguna vez.

Vamos a hacer de nosotros un cuento sin princesas en el que podamos rescatarnos siempre. Y donde al final se cuente la historia más imperfecta y hermosa que para mi será.

Acostumbrarse a vivir con la tristeza de la espera es una mierda.

Porque cuando uno espera justifica.

Y justificar es crearse un diálogo interno en el que solo interactúas tú.

“Luego te escribo. Lio terrible en la oficina 🤷🏻‍♂️” y el lío debe ser grande porque no te responde en 4 días.

“Hoy no quedamos. Resfriado 🤧. El cambio climático jeje”

Y tú que estás comprometida con el medio ambiente y que reciclas joder ¡que eres la puta Greta Thunberg del extra radio! no te mereces que el cambio climático te deje sin cita.

¿Sabes? mereces algo mas que excusas con emoticonos y diálogos vacíos contigo misma.

Mereces dejar de rescatar siempre.

Mereces música en vez de silencio y un paño de cocina limpio de rímel, de lagrimas y mocos.

Mereces todo.

Así que ponte esos zapatos que tanto te gustan y sal corriendo del narcisismo y del amor a cuentagotas.

Que para mucho más que justificaciones y esperas está hecha la vida.

  • En “el me gusta” número 218 estoy yo. Como un asteroide en medio de tu espacio.
    Tal vez te parezca un número más en la multitud de tus “likes” o tal vez no te parezca nada. Pero es la forma de decirte que hoy una parte mí , se quedó contigo.

    Y “pump” captura de pantalla así puedo mirarte todas las veces que quiera. Y “pump” mi corazón en mi estomago tragando en silencio tu nombre. Y “pump” un disparo de la policia por ciberacoso, violación de la ley de protección de datos o sabe Dios qué disparate. Por lo que al final “pump” la termino borrando.

    Y suspiro… y me enjuago las lagrimas en la canción de Vanesa Martin que me dice que no y que no y que no. Para empoderarme y quitarte el “me gusta” creyéndome superada de toda emoción.

    Y cambio de lista para dar paso al reguetón: Y “dale don dale” porque yo soy más fuerte que todo esto y no me influyen las redes sociales. Y “dale don dale” porque hoy es viernes y hoy se sale. Y “dale don dale”…

    ¡¿pero que mierda es esto?!

    No aguanto ni 5 minutos y vuelvo a darte “me gusta”. ¡A la misma foto si! pero ahora soy el número 327… y ya no soy un asteroide en medio de tu espacio, soy un agujero negro que se come la tableta de chocolate entera que llevo en el bolso.

    Y en este momento tengo un lio entre el “pump”, el reguetón y Vanesa Martin que no sé si gritar, echar a correr o borrar todo rastro de social media para terminar los últimos días de mi existencia pensando en ti en una granja.

    Siempre me han dolido las modas porque nunca he sabido llevarlas.

    Miro tu foto una vez más y dudo si besar o no la pantalla. En el límite de esta locura consigo pasarla despacio como una caricia y me pongo a ver vídeos de gatos.
    Determinantemente son lo mejor de la red para calmar las soledades.

    Quizá por eso “me gustan”.